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A un año de golpiza en Rectoría de la UdeG contra estudiantes ¿las mismas demandas?

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A un año de golpiza en Rectoría de la UdeG contra estudiantes ¿las mismas demandas?

Se convoca a marcha pacífica el jueves 10 de septiembre como conmemoración de los hechos violentos de la institución derivados de la organización interuniversitaria de asambleas en todos los centros universitarios metropolitanos y regionales; estudiantes acusan que no se atendió por la universidad nada de lo demandado.

Por: Samantha Apecechea. Foto: Especial. Fecha: 7 de septiembre, 2026

Hay acontecimientos de movilización social que terminan cuando se vacía una plaza, se cierran las puertas de un edificio o las personas regresan a sus casas. Y hay otros que se quedan. Para algunxs estudiantes de la Universidad de Guadalajara, el 10 de septiembre de 2025 pertenece a los segundos encapsulados en su memoria.

Un año después, volverán a rectoría General . No será una marcha, sino una concentración convocada para el 10 de septiembre del 2026. Quieren recordar lo que pasó, pero también hablar de lo que siguió después: las demandas que permanecen , las respuestas que consideran insuficientes y una organización estudiantil que, lejos de desaparecer, aprendió a reconocerse en comunidad.

Porque para quienes estuvieron ahí recordar no es quedarse atrapados en un día. Es preguntarse ¿qué hizo la universidad después de que sus estudiantes salieron de las aulas para exigir ser escuchadxs?

El día que llegaron a la Rectoría General

El 10 de septiembre de 2025 estudiantes de distintos centros universitarios de la Universidad de Guadalajara llegaron a la Rectoría General con pliegos petitorios que reunían más de cien demandas. La Defensoría de los Derechos de los Universitarios, documentó posteriormente la entrega de treinta páginas de peticiones: el Centro Universitario de Ciencias Exacta e Ingenierías (CUCEI) presentó doce demandas; el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades (CUCSH) treinta y cuatro; el Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias (CUCBA), treinta y ocho; las otras cincuenta y cinco eran del Centro Universitario de Ciencias de la Salud (CUCS), además de un posicionamiento general.

Había problemas específicos de cada centro: cupos, infraestructura, horarios, planes de estudio y condiciones de seguridad, entre otros. Pero también había una preocupación que atravesaba a los distintos grupos ¿quién habla en nombre de los estudiantes? frenar la no representación.

La Federación de Estudiantes Universitarios  (FEU) y el proceso de elección del Consejo General Universitario (CGU) se convirtieron en uno de los principales puntos de conflicto. Lxs estudiantes organizadxs  cuestionaban que la FEU fuera realmente un organismo de representación y exigían detener el proceso electoral del CGU para concentrarse en las demandas planteadas. Medios locales documentaron entonces que la representación estudiantil era uno de los ejes centrales de la movilización.

Norte, estudiante de Sociología, recuerda haber llegado alrededor del mediodía porque algunos venían directamente de clase, todavía con mochilas; otros, lo hicieron desde centros donde las asambleas ya habían comenzado a organizarse.

Para ella, uno de los aspectos más importantes de aquel día fue que quienes estaban ahí no eran desconocidxs entre sí. «Todos nos conocíamos, todos éramos compañeros», recuerda.

La intención inicial era la entrega de los pliegos directamente a las autoridades universitarias. Querían hablar con el Secretario General o con la rectora Karla Planter. Después de una concentración afuera del edificio, los estudiantes se trasladaron hacia rectoría.

Norte recuerda ese momento con una emoción que contrasta con lo que vendría después «Nos fuimos corriendo por la explanada y subimos las escaleras corriendo. Fue hermoso. Yo creo que fue algo hermoso ver a todxs lxs compañerxs tan enchiladxs decir: ¡Claro, claro que vamos a ir!»

Ya dentro hubo un espacio de diálogo. Representantes de los centros universitarios se reunieron con el secretario general y discutieron durante aproximadamente dos horas. Uno de los principales puntos era la cancelación de las elecciones del CGU. No hubo acuerdo.

Después, los estudiantes permanecieron en el edificio y mientras planeaban pasar la noche ahí, comenzó la tensión.

Lo que ocurrió durante la salida de los estudiantes ha sido contado de maneras distintas. La universidad señaló posteriormente que trabajadorxs de rectoría pidieron respeto y diálogo, luego de que -su versión oficial- lxs manifestantes bloquearan la entrada e impidieron salir a trabajadores que terminaban su jornada laboral. Nada de ello se probó.

Los estudiantes, por su parte, describieron y vivieron una expulsión violenta. Las redes sociales lo transmitieron en vivo.

La defensora de los derechos universitarios, la funcionaria Ericka Loyo quien cuenta con amplia experiencia en la grilla política, se dolió de agresiones físicas dentro de su relatoría de hechos, aunque señaló que no pudo determinar quién inicio la confrontación ni establecer responsabilidades individuales a partir de la información recabada.

Para Norte, sin embargo, el recuerdo no está en los comunicados. Esta en el cuerpo.

«En un momento empecé a sentir como alguien me agarro del brazo y te juro que sentí como que me lo iban a quebrar»

Cuenta que durante el forcejeo un hombre la insultó y recibió otro golpe en el brazo. También recuerda que su blusa se levantó mientras intentaba salir y que, en medio de la confusión, su prioridad fue cubrirse. «Yo ya veía la universidad como capaz de todo», afirma.

Se sintió el miedo pero la resistencia estudiantil creció

«Nunca había sentido el pánico que sentí en ese momento. Nunca, nunca jamás», relata en coincidencia con otrxs testimonios de estudiantes que señalaron empujones, golpes y agresiones durante el desalojo violento. La Jornada reportó entonces testimonios de estudiantes que identificaron entre los presuntos agresores a José Antonio González Orozco, conocido como «El Pepino».

Pero aquella noche no termino el conflicto. En realidad, para muchos estudiantes, ahí comenzó otra etapa. Después de rectoría, las asambleas comenzaron a crecer.

En el CUCSH, estudiantes que hasta entonces se organizaban en pequeños colectivos empezaron a reunirse para discutir qué había ocurrido y qué querían hacer. Se formaron comisiones de prensa y estudio, se organizaron brigadas y comenzaron a revisar documentos que antes parecían lejanos: la ley orgánica de la universidad, los procesos del CGU, la estructura de la FEU.

La movilización dejó de ser únicamente una reacción a lo ocurrido en rectoría para convertirse en una forma de aprender a organizarse. Nacho L., estudiante de Historia, recuerda ese cambio desde una sensación de abandono.

«Viendo que estábamos solos y ya no importaban los organismos que supuestamente estaban para proteger al estudiantado, vi que más compañeros empezaron a unirse, empezaron a contar, empezaron a criticar.»

Lo que encontró en esa organización fue algo que no esperaba de la institución: comunidad. Para Norte, esa transformación también tuvo una dimensión personal, según me lo cuenta «aprendí que no puedo confiar en la UdeG, pero que sí puedo confiar en mis compañerxs. Que la UdeG no me va a cuidar, pero sí me van a cuidar mis compañerxs.»

Esa frase resumen una de las consecuencias menos visibles del septiembre de 2025. La universidad dejó de ser solamente el lugar donde estudiaban. También se convirtió en el espacio donde aprendieron a disputar quién tiene derecho a hablar, quién puede tomar decisiones y qué significa realmente pertenecer a una comunidad universitaria.

La organización se extendió a otros temas y otros espacios. Los estudiantes participaron en acciones relacionadas al transporte, se solidarizaron con movilizaciones de otros estados y acompañaron distintas causas sociales.

Lugo, estudiante de estudios políticos y gobierno, considera que el movimiento también cambió internamente pues cree que «nos organizamos mejor para ciertas cosas». Para él una de las mayores enseñanzas fue descubrir que la organización podía producir resultados cuando dejaba de ser solamente una protesta y comenzaba a construir acuerdos.

«Una cosa es que se hable y hable y otra cosa que se firme algo.»

Sin verdad, sanciones a personal universitario golpista, ni justicia

A un año de los hechos, uno de los puntos que permanece abierto para los estudiantes es la responsabilidad por las agresiones.

Nacho lo resume como «un año entero, evidencias más claras que el agua […] y seguimos exactamente iguales. No hay proceso, no hay búsqueda de responsabilidad» al referirse a las docenas de funcionarios y trabajadores operativos a quienes se les ordenó reprimir estudiantes y golpearles.

Lo anterior es una percepción que también aparece en el testimonio de Lugo, quien considera que las resoluciones relacionadas con quienes agredieron a estudiantes fueron insuficientes.

«Las resoluciones enfocadas a las personas que agredieron a estudiantes […] fueron inconclusas o […] no les dieron las consecuencias pertinentes»

La controversia volvió a aparecer públicamente en el mes de agosto de es año cuando González Orozco fue fotografiado junto a integrantes de la FEU y la presidenta municipal de Guadalajara, Verónica Delgadillo. Reportes periodísticos también señalaron cambios en sus funciones laborales dentro de la universidad.

Fotografía difundida en redes sociales

La fotografía no demuestra por sí misma una responsabilidad institucional ni una relación causal entre los hechos de 2025 y su situación laboral actual, pero para los estudiantes que lo señalaron su aparición pública reabre una pregunta que no consideran resuelta: ¿qué pasó con las responsabilidades después de las agresiones? ¿Tuvo algo que ver Movimiento Ciudadano con la represión? ¿Hay intercambio de favores entre la UdeG y el gobierno municipal de Verónica Delgadillo?

Para ellxs esas preguntas forma parte de la memoria del movimiento. Y también de su desconfianza.

El conflicto con la FEU tampoco desapareció

Lugo recuerda que alguna vez creyó que podía ser un espacio donde los estudiantes pudieran participar “Yo tenía esa esperanza. Me imaginaba que era un organismo en el que uno como estudiante podía llegar, podía hablar y generar nuevas ideas», me dice.

Con el tiempo, su percepción cambió pues asegura que “la FEU más que un organismo de representación es un títere de los rectores, de los directores de cada uno de los espacios».

Es una opinión política de un estudiante organizado, no una conclusión institucional. Pero explica por qué la disputa por la representación fue tan importante durante las movilizaciones. En 2025, los estudiantes cuestionaron la legitimidad de la FEU y exigieron detener las elecciones del CGU. La discusión no era únicamente quién ocuparía un cargo, sino quién tenía derecho a hablar por miles de estudiantes que no sentían estar representados.

Y ese cuestionamiento continúa pues Lugo considera que la universidad todavía tiene una deuda con la organización estudiantil.

“No se toman el tiempo de sentarse a dialogar las problemáticas […] o directamente no se aparecen”.

Para él, la salida no está en una conciliación donde los estudiantes tengan que renunciar a sus demandas, sino en construir mesas de trabajo donde exista disposición real para escuchar y resolver. Porque escuchar no es solamente recibir un pliego. Es hacer algo con lo que se leyó.

El 10 de septiembre de 2026, los estudiantes volverán a concentrarse frente a Rectoría General.

No quieren recrear exactamente lo ocurrido un año atrás. Quieren recordarlo.

Norte insiste en que la concentración será también un espacio para reencontrarse “…no es marcha, [es] un espacio donde vamos a poder volver a hablar de nuestras demandas […] pero también un espacio colectivo donde vamos a poder ver que, además de estudiantes en lucha, somos compañeros”.

Después de un año de organización, la memoria tiene otro significado pues “parte de la comunidad y de ser compañerxs en lucha es cuidarnos entre nosotrxs”, afirma.

Lugo coincide en que regresar tiene que ver con no dejar que el tiempo vuelva invisible lo ocurrido. “Si empezamos a olvidar va a volver a suceder todo. La memoria histórica es una de las cosas más importantes que tenemos como sociedad, como seres humanos”, argumenta.

Por eso, la concentración no solamente mira hacia septiembre de 2025. También mira hacia lo que la organización estudiantil consiguió construir después.

“Le enseñamos a la gente que pueden salir a pelear, que pueden salir a exigir”, dice Lugo. Nacho, por su parte, reconoce que, pese a la decepción, volvería a hacerlo. Dice que haber entrado a las asambleas fue una de las experiencias que más ha marcado su vida. Ahí encontró amigos, aprendió a organizarse y descubrió que aquello que se discutía en las aulas podía convertirse en acción.

“Lo que aprendemos aquí como estudiantes no sólo se tiene que quedar en el cerebro o nuestras ideas; tiene que efectuarse en acciones hacia otros, hacia estructuras, hacia personas”

Quizá ahí está una de las contradicciones más profundas de esta historia. La Universidad de Guadalajara que muchos estudiantes imaginaron como un espacio de participación y formación política terminó provocando, para algunos, un profundo desencanto.

Norte lo explica con desencanto «…en la UdeG encontré el encanto en la lucha estudiantil no institucional, no burocrática”.

Un año después, las demandas siguen sobre la mesa. La discusión sobre la representación permanece. Las preguntas sobre las agresiones continúan. Y quienes estuvieron ahí siguen organizándose.

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Pero también hay algo que cambió. Los estudiantes aprendieron a reconocerse entre ellos. Cuando la institución no respondió como esperaban, construyeron redes de cuidado, sintieron que no tenían representación, comenzaron a construir espacios propios y fueron llamados ajenos a la universidad, regresaron a las aulas, organizaron asambleas y demostraron que también podían disputar la narrativa sobre lo ocurrido.

El corazón de una universidad no está solamente en sus edificios, sus autoridades o sus órganos de gobierno. También está en quienes la habitan. Y cuando esos estudiantes se organizan, la institución ya no puede verse únicamente desde el centro hacia afuera.

Porque hay cosas que desde el centro para adentro no se alcanzan a ver. Y ellos llevan un año intentando que se escuchen.

Samantha Apecechea
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Estudiante de Sociología en la Universidad de Guadalajara, con interés en la comunicación, la cultura y los fenómenos sociales contemporáneos. Mi formación académica me ha llevado a cuestionar las formas en que construimos nuestras ideas sobre la sociedad y, especialmente, el papel que tienen los medios en ellas. Escribo desde una mirada sociológica, buscando acercarme a las historias y experiencias cotidianas para llevar esas preguntas fuera del aula y hacia la realidad que nos rodea.

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