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No olvidar a las víctimas sin justicia en el Día de Muertos

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No olvidar a las víctimas sin justicia en el Día de Muertos

Por: Adrián Montiel González. Fotos: Especial. Fecha: 2 de noviembre, 2025

Hay muertas y muertos a los que todavía no se les hace justicia. Los evocamos y recordamos en el Día de Muertos. También los honramos con flores, les prendemos velas, servimos bebida y comida. Pero la celebración queda trunca, como concluyeron sus vidas. 

El investigador de la Universidad de São Paulo, Jaime Ginzburg, propone que en la  literatura y el cine brasileño surgen narrativas de los pasados coloniales y esclavistas. De sobrevivientes de catástrofes, de tortura de la dictadura brasileña, de la represión sexual. O asesinatos de personas que no pudieron expresar sus propias narrativas sobre lo que pasó. Estos pasados irrumpen en el presente brasileño—transfigurados como monstruos y fantasmas—, cuando hay necesidad de encarar el horror del pasado. En la literatura y el cine mexicano también abundan los ejemplos. Pero ¿Qué ocurre cuando el horror no ha pasado y sigue instalado en el presente?

Este altar de palabras se levanta contra el olvido y silencio que los victimarios y el Estado mexicano quieren imponer. Y no necesitan la voz de autores, distorsiones fantasmagóricas o aparecer en una calle poco iluminada: sus rostros están en lonas y redes sociales; vemos sus últimos testimonios en videos; y sus familias nos cuentan de ellos cada año sin que a los suyos y a ellos les alcance la justicia. 

Entre tantas personas difuntas en condiciones de injusticia recuperamos las historias de víctimas de feminicidio, cuyo Estado defiende el tecnicismo más que la vida. O de las madres buscadoras que fallecen sin ver a sus hijas e hijos desaparecidos. O de las víctimas del envenenamiento del Río Santiago, cauce que también es víctima del Estado.

Miguel Ángel López Rocha, el peligro de jugar

El 25 de enero, Miguel Ángel López Rocha, junto con cuatro amigos, salió a jugar. Mientras brincaba a la orilla del canal del Ahogado y del Río Santiago, cerca de su casa en el Fraccionamiento La Azucena, resbaló y cayó en un charco de las aguas de la corriente. Llegó a su casa y su mamá lo vio cubierto de lodo y humedad, percibió el mal olor que despedía. Sufrió un severo envenenamiento. En menos de 24 horas se sumió en coma. Murió 19 días después.

Miguel Ángel López Rocha cumpliría 26. Sería un joven plantado frente a su familia y amigos con la sonrisa como si acabara de hacer una travesura. Es la misma imagen que, cada año, sus padres abrazan para exigir justicia por su muerte ocurrida en 2008.

Su madre, Carmen, desde hace 18 años, en cada aniversario de la tragedia de su hijo, recuerda las promesas de políticos “sanearemos los ríos”, pero todo sigue igual: “¿Cuántos niños, cuántos inocentes más tienen que morir para llegar al corazón de los gobiernos?», ha cuestionado Carmen.

Pocos años después, cerca del lugar donde cayó Miguel Ángel, el gobierno municipal resolvió una solución inmediata: enmallar el margen del canal. Y colocó un pequeño anuncio, una advertencia que se perdía entre las yerbas del temporal “Área restringida. Por su seguridad, no meterse al agua”.

Si Miguel Ángel viviera en El Salto en el 2026, se quejaría, como cientos de miles de habitantes, de los olores a huevo podrido, picantes, a pescado descompuesto, de repollo podrido y excremento. 

También se enteraría que esos olores salen del río Santiago y que son una mezcla de residuos concentrados por meses o vertidos por la madrugada por las 400 empresas —internacionales, nacionales y las orgullosamente tapatías— que apuntan al cauce sus cloacas donde deponen aguas ricas en arsénico, plomo, mercurio y cadmio, bajo la mirada de hormiga de los gobiernos municipal, estatal y federal.

Pero Miguel Ángel ya no puede ver nada. Tomamos prestada su mirada. Como reclaman su madre, padre, activistas y ciudadanos sobre el pequeño que corrió el riesgo por jugar: “No murió ahogado. Murió envenenado”. 

El sueño de Adriana Méndez Cabrera

Fue perito forense del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses en la época de Mario Rivas Souza. Era madre, buscadora y activista. Fundadora  del colectivo «+1 = Todos Tlajomulco” dedicó años en buscar a su hijo Emilio Jesús Díaz Méndez. Incluso lo siguió buscando mientras combatía una enfermedad. Uno de sus consuelos fue verlo en sueños: ahí hablaba con él, podía olerlo, sentirlo. Adriana murió el mes de julio de este año sin volver a ver a Emilio de Jesús. Como ella, padres y madres de más de 130 mil personas desaparecidas siguen sin saber de sus hijos.

Muchas, muchas veces he soñado con él. Hasta lo he sentido. Después de recobrar el conocimiento después de estar en terapia intensiva le pedí a la enfermera que me pusiera de lado. Estaba cansada de estar boca arriba. Me dejó sola. Ahí sentí cuando alguien se puso detrás de mí, se sentó y me abrazó. Me llegó su aroma. Era mi hijo.

Todas las veces que lo he soñado tiene algo encima, como cal, parte de su cuerpo está cubierto de cal. Una vez tuve una experiencia muy importante. Yo digo que no lo soñé: mi esposo se va a trabajar entre 5:30 y 5:40. Yo me levanto a hacerle el lonche y nos despedimos. Luego regreso a acostarme.

Un día no me fui a acostar, volví a bajar porque tenía cosas que hacer. Iba bajando las escaleras para hacerme un café y vi que mi hijo abrió la puerta de la casa: haz de cuenta que entró por la puerta que está cerca de la escalera. Volteé, lo vi y le dije «y tú, qué estás haciendo». Me dijo “vine a verte mamá”. Ya iba a correr a abrazarlo pero me detuvo con la manita de que hasta ahí. 

Frente a la escalera tengo un altar para él. Me senté en la escalera y le pregunté «¿hijo, estás bien? Me contestó con otra pregunta «¿tú cómo estás?” “Te extraño, ve cómo me tienes: me estoy muriendo”. Así le dije. “¿Por qué no me dices donde estás, dime por qué no me dices». Me dijo «porque, si te digo, me vas a ir a buscar y me vas a  encontrar. Y ya no vas a ayudar a mis compas». Le dije «¿A tus compas? ¿cuáles compas?» y me dice “A los que están en tu colectivo. Mejor síguelos ayudando”.

“Esa semana identifiqué a tres personas localizadas sin vida”.

Muchas personas van a la Fiscalía de Desaparecidos, mencionan al colectivo y les dan la atención. Pero, personalmente, yo me dedico a revisar cada una de las carpetas junto con el Ministerio Público ¿Por qué? Porque es muy fácil engañar a la gente. Pero a mí no me engañan. La verdad, yo sí me atrevo a pegar el grito.

Rabia, dolor y amor por Imelda Virgen

Imelda Virgen fue hija, hermana, psicóloga, ilustradora, actriz, maestra de yoga, profesora universitaria, rescatista de perritos. 

Si su expareja la asedió hasta asesinarla después de dejarlo, los gobiernos subsecuentes le han negado la justicia. Entre la rabia y la indignación por el feminicidio de Imelda Virgen, las hermanas impulsaron el movimiento “Justicia para Imelda Virgen, justicia para todas” para visibilizar la impunidad y acompañar a otras mujeres. Se sumaron a ellas colectivas y miles de mujeres.

Imelda era una mujer tranquila, callada, conciliadora, sonriente; prefería buscarle el lado lindo a la vida. Tenía muchas responsabilidades: psicóloga y profesora en las preparatorias 16 y 17 de la UdeG, y académica en el CUAAD; trabajadora administrativa en el sindicato de Universidad, y representante del SEMS ante el comité de prevención del COESIDA.

Imelda no se sentaba a esperar que le cayera algo del cielo: ella trabajaba, creía en algo, tenía objetivos. Y, poco a poco, intentaba contagiar a los demás con esas ideas. 

Si ella podía hacer tanto sola, la familia decidió unirse y hacer más. Y si las autoridades no han hecho nada, ellos luchan para que se pongan a trabajar.

La familia quiere que se haga justicia. Pudieron tomar el camino de la venganza, pero no lo hicieron en memoria de ella. El dolor nadie se los va a quitar, pero lo han asumido como un ejemplo y una enseñanza.

Queda su memoria en la Antimonumenta en la Plaza Imelda Virgen y como fuerza para exigir justicia por todos los feminicidios cometidos en Jalisco.

“Que resuene fuerte la rabia, el dolor y el amor de quienes las recordamos exigiendo justicia”.

Adrián Montiel
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Periodista de investigación.

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